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lunes, 21 de diciembre de 2009

Noventa años




Ni más ni menos que noventa años, fueron los que celebramos toda la familia alrededor de mi madre para conmemorar su cumpleaños. Pudimos reunirnos todos, cinco hijos, nueve nietos y tres biznietos, con sus respectivas parejas, sumando un total de veintinueve personas. Entrañable homenaje pudimos ofrecer a esta mujer, que como toda buena madre, se ha desvivido siempre por los suyos. Se la veía muy feliz, como flotando, de sorpresa en sorpresa, porque esto queríamos que fuera para ella, una sorpresa; una tras otra iba encajando sorprendida y emocionada. Pobrecita mía, aunque no está ya en plenitud de sus facultades, siendo una de las razones en buena medida la total falta de oído, tiene mucha lucidez a pesar de sus años; sigue siendo muy observadora, interesándose por todos, de fácil sonrisa y buena disposición.
Comenzamos con la asistencia a una misa exclusiva para nosotros, ofrecida por el eterno descanso de nuestro padre, fallecido hace casi veinte años; esto fue de lo más importante para ella, dada su convicción religiosa y el sentimiento que siempre ha guardado por la memoria de su marido.
El resto de la celebración consistió en una comida familiar con una larga sobremesa donde tuvo lugar la entrega de numerosos regalos, siendo el principal un precioso álbum de fotos, diseñado por sus nietos, tras un cariñoso prólogo en el que se enumera su trayectoria en la vida que ellos la han conocido, haciendo mención, entre otros, a los platos de cocina y repostería que ha preparado que han sido la delicia de todos; se insertan numerosas fotos por orden cronológico, donde aparece toda la familia en muchas de sus vicisitudes, como son bodas, bautizos y demás eventos. Le gustó mucho recibiéndolo con un sinfín de emocionadas gracias.
Como todo lo bien hecho, requiere una planificación y organización bien estudiada, por ello quiero hacer hincapié en esto, resaltando la coordinación y colaboración por parte de todos sus nietos que se han entregado para que todo saliera perfecto, y lo han conseguido; le dedico especial atención a mi sobrino Carlos, hijo de mi hermano Pepe, ha sido “el jefe de protocolo”, valga la cariñosa expresión; se ha desvivido por todos los detalles para que no quedaran flecos.
Al día siguiente, cada uno marchamos a nuestro sitio con la satisfacción de habernos reunido todos, pasar una agradable jornada y homenajear al ser querido mayor de la familia.

Cordial saludo. Jesús F. Sanz