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viernes, 26 de febrero de 2010

Cabalgando en una mula

Magnífica mula
Fuente del Rey

Rojo atardecer

Ya se había escondido el sol entre Los Barreros y el pico La Cebada, se apagaba su luz crepuscular, como de costumbre a esta hora, nos reunimos todos para recibir instrucciones de nuestras respectivas misiones para aquella noche y el día siguiente. Lo normal era que por la noche, saliéramos seis hombres de dos en dos distribuidos en puntos que eran indicados por el jefe. Pero aquella noche fue excepcional, no hubo salida, había que ir al pueblo por la mañana, se nos dijo que el motivo era debido a la visita de un mando que tenía el interés de hablar a la mayor parte posible del personal que había en las cuatro unidades del término municipal, Encinasola, Flores, Sierra de Hoyos y Picorotos.
A la mañana siguiente, tras preparar nuestro “medio de transporte”, la mula y dos burritos, era el total de nuestro “parque”, salimos a una hora cómoda, serían las ocho, la cita la teníamos a las once, queríamos llegar con tiempo suficiente para tomar café y acicalarnos un poco. Por el camino unos se montaron y otros fuimos andando, recuerdo que hacía un buen día, se presentía que íbamos a pasar una agradable jornada, se advertía muy buena disposición por parte de todos, alegre charla con chispas de humor, no cabía otra cosa, éramos gente joven.
Llegamos al pueblo sobre las nueve y media y, como estaba previsto, tomamos café en casa Vicente, en la parada de La Estellesa. Tranquilamente, repasamos nuestro porte y a esperar acontecimientos; para ello entramos en la casa habilitada como cuartelillo, base de la unidad del pueblo, situado en la calle, que se llama ahora, Abel Moreno, éramos bastantes, el orden de treinta y cinco o cuarenta.
Pues nada, la anunciada visita fue puntual, allí estaba a la hora prevista, quizás un poco antes; fue recibido con el protocolo que correspondía, enseguida nos indicó que nos relajáramos, que quería ser lo más breve posible; y efectivamente, tras una concreta y concisa charla, unos veinte minutos después, podíamos partir para nuestros respectivos lugares.
Como mi gente vivía en el pueblo, quedé con los compañeros en el lugar y hora para marcharnos después, ellos estuvieron por allí, por lo visto le habían encargado a Simón Torrejón unos platos combinados para comer a medio día. Yo estuve en casa de mis padres con mi novia, comiendo y pasando el rato con todos ellos, poco tiempo como es de suponer; a las cinco quedamos en la calle La Fuente para salir.
-Señores, que tal, ¿Cómo ha ido eso…?
Buenooo, ¡que contentos estaban…¡, solamente alegretes, que no haya malos entendidos…
-Hombre, Jesús, benditos los ojos que te ven, ¿dónde andas…? , me dice Borrallo
-Pues no te has enterado, hombre, que yo iba a casa de mi familia…
-Bueno, ¿nos vamos ya…?, dijo uno
-Venga, arreando, que se hace tarde, contestó otro
Emprendimos el camino en el mismo ambiente distendido que por la mañana cuando íbamos, en esta ocasión, al pasar de la Fuente el Rey, ya había algunos que les apeteció ocupar una plaza en nuestro “medio de transporte”; yo aguanté andando, pero ya notaba cierto cansancio. Al llegar a la altura de Los Picamijos, me dice Ramón, que llevaba la mula, aquella enorme e impresionante mula, inquieta y desconfiada,
-Jesús, súbete aquí conmigo, no hay problema, va muy tranquila…
-Déjalo, Ramón, prefiero ir andando, cuando esté más cansado ya te avisaré…, pensando que podría aguantar bien hasta la caseta.
Bueno, pues así continuamos, y al llegar a la Piedra los Valientes, me lo ofreció otra vez,
-Venga, Jesús, súbete ya. En esta ocasión acepté, con la ayuda de un compañero que me dio pié me monté en aquella bestia, altísima me parecía, veía el suelo muy distante; “como nos la peguemos”, pensé. Íbamos bien, con aquel paso nervioso y seguro, pero bien…
Pasamos la Cruz de la Moza, acometimos el camino hasta subir el cerro desde donde ya se divisaba la caseta. De imprevisto, en el sentido contrario, una cuadrilla de trabajadores con sus caballerías, que habían estado arrancando jaras y volvían para sus casas…
-¡Cuidado, Jesús, agárrate¡, me dijo Ramón
No me dio tiempo a nada, ¿dónde me iba a agarrar…?; aquella bestia, se ve que asustada por las otras, se salió del camino y se tiró la barrera abajo; no paró hasta que no llegó a un regato que había al fondo, unos cincuenta metros; ni por muchos “sooos” ni por muchos tirones de las riendas obedecía. De milagro conseguimos mantenernos, nos bajamos de inmediato, la mula ya estaba tranquila, pero nos hizo pasar un buen susto.
Sin embargo los otros, desde arriba, se estaban partiendo de risa…
-Muy graciosos, ¿verdad…?
Nos reíamos todos, no había pasado nada, llegamos a la caseta sin novedad…

PD.-Más adelante, Ramón, cuando tuvo un hueco propicio, me dijo que él sabía que la mula se asustaba cuando se cruzaba con otras bestias…
-¿Y porqué no me le dijiste en su momento…?
Se echó a reír.

Cordial saludo. Jesús F. Sanz